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Dar la Cara

 

(Congreso Nacional Benidorm - 2006)

El día que decidí mostrar mis credenciales por vez primera no hace mucho en los medios y en público, le pregunté a mi mujer: ‘- ¿Te importa si lo hago?-‘. Ella me contestó que no, por supuesto. Cómo le iba a importar. ‘- Pues bien sencillo....’- le dije. Por los vecinos, por la familia, por el trabajo, por los amigos... por la peluquera, por la del pan, la farmacia, el del videoclub. En definitiva, por cien motivos diferentes y diarios. Tenía que preguntarlo, era mi deber. El egoísmo forma parte de nuestras vidas y quien más quien menos tiene algo de ese defecto. Pero siempre intento compensar lo que mal hago y así, al menos tengo la esperanza de que mi pareja será respetada como se merece.

No es que me guste salir y hablar en público. Quizás hay quien se lo cree así, quizás hay quien se piensa que el que sube aquí es para ‘chupar’ cámara e hinchar su ego. Quizás incluso hay quien cree que todos los que estamos aquí hemos venido a pasar unas pequeñas vacaciones y, de paso, si podemos regodearnos ante los demás viendo cómo nos miran y aplauden puede que tengamos un fin de semana redondo. Hay gente ahí fuera que piensa eso y hay quien cree también que todo se soluciona con dinero. Tantos errores de apreciación juntos no nos llevan a buen puerto. Dejad de todas formas que os explique una pequeña historia, corta y clara, sobre una persona que podría ser cualquiera de vosotros.

La historia podría empezar así: ‘Hace unos cinco años mi vida estaba poco menos que destruida. Por el alcohol. Ahora hace un mes que me casé y he conseguido rehacer todo lo destrozado, resurgir de las cenizas, como el Ave Fénix’. Esta última no es la mejor comparación pero resume muy bien el sentido de lo vivido. A partir de aquí cada uno de nosotros podría contar su historia, cuanto más larga más lacrimógena y terminaríamos abrazándonos como hermanos en un océano de empatía. Pero todos sabemos la verdad y la verdad es que tenemos una vida propia, tenemos luz propia y tenemos, muchas veces, razones de peso para pasar inadvertidos, desapercibidos y actuamos con discreción la mayoría de las veces en las que nos congregamos. Y es lo más lógico viendo cómo está el panorama social; de momento debemos conformarnos con conseguir lugar para reunirnos, que ya es mucho. Cambiar las leyes será el próximo paso y modificar la cultura de diversión de este mundo tomará un par de generaciones. Tal vez bastante más.

Mientras tanto seguiremos dando la cara algunos, reuniéndonos otros y siguiendo con nuestros grupos de autoayuda y ruedas de participación. Seguramente habréis notado un deje de frustración en mis palabras. Es muy posible que así sea. Veréis, lo único que me aguanta aquí arriba, después de todo lo que he tenido que ver y oír en estos casi cuatro años es esto: todas esas personas luchadoras que están detrás, delante y en medio de nuestro tratamiento y que pelean por conseguir un sitio, una valoración adecuada por parte de los estamentos oficiales. Esa gente, que todos deberíais conocer, sí que da la cara de verdad. Una persona que dedica el 95 % del tiempo de su vida a una causa como la nuestra debería tener una calle con su nombre, una estatua, un regalo digno de su figura. Admiro a esa gente, puesto que yo no puedo hacerlo. No puedo dedicar ese tiempo a esa causa, por muchos motivos que sabemos y por otros que guardo para mí. Pero me indignan, dentro de mi corta experiencia, ciertos aspectos de la gente en general y me siento impotente dentro de un marco político y social que no ayuda, ni apoya ni acepta.

Ese detalle nos hace, por decirlo de alguna manera, algo diferentes respecto a los demás. Vemos las cosas de otra manera y sabemos dónde está el problema. Dentro de muchos años, con total seguridad nos seguiremos preguntando si es tan difícil entender cuatro sencillos puntos acerca de la sustancia llamada Alcohol.

Nos lo seguiremos preguntando y la sociedad seguirá riendo y haciendo macro-botellones, quedadas alcohólicas, celebrándolo todo con el mismo ingrediente de siempre para no llevar la contraria a nuestra ancestral tradición y, políticos dándose la mano con empresarios para terminar de rematar, si aun no lo habían conseguido, la minada moral de miles de alcohólicos.... y familiares, no lo olvidemos. Y dolidos y confundidos familiares, esos grandes olvidados.

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Otra cosa es el miedo que tenemos a decir lo que somos. Es el miedo a la reacción del interlocutor, es el miedo a la espera de qué ocurrirá cuando se sepa. Por pura vergüenza, muchas veces no contamos nuestra historia. Damos excusas de mal pagador como: ‘Me estoy medicando’... o... ‘Soy alérgico y me sienta mal’. Cuando decimos la verdad, por el contrario, siempre nos miran como si fuéramos terneros dirigiéndonos al matadero: pobrecito, lo siento... Pero ole tus narices, eh? Qué fuerza de voluntad, te felicito. Perdonad que me entre la risa: pero qué poco sabe mentir la gente. Quizás, al fin y al cabo, el miedo lo tienen ellos por si nos coge un ataque de algo delante suyo o arrancamos por sevillanas cogiendo las dos mejores botellas de vino de la despensa de nuestro anfitrión. O salimos al balcón a cantarle a la luna, quien sabe, la gente tiene miedo.

Hace algún tiempo en Remare hicimos un curso de Autoestima. Los resultados fueron, como poco, ciertamente sorprendentes. Había gente que, antes de hacer el curso, se pensaba que sólo debía tener autoestima por su problema por el alcohol. La verdad es que cuando ciertas personas vieron que la autoestima es la base real del Espíritu personal del individuo, el apoyo fundamental de su intelecto, se percataron que una vez superada la enfermedad del alcohol, como cualquier otra enfermedad, hay que dirigir los esfuerzos a la siguiente que se pueda presentar o al próximo problema que se deba resolver. La fuerza personal (la personalidad, el carisma) se presenta en todos los ámbitos de nuestra vida, en todo caso el alcohol ha sido una prueba, un duro escollo que hemos superado y que nos empuja, ahora en bajada libre, hacia delante, con plena conciencia y entereza. Eso es lo que realmente vale, nuestra actitud ante la vida y no sólo el superar uno sólo de los problemas que la misma nos ofrece, irónica y con su cara más amable, como el verdugo y la guadaña. La sonrisa de la muerte se nos ha quedado, a muchos, grabada a fuego en nuestra mente. Ha sido una horrible experiencia que nos ha hecho madurar y nos hemos sorprendido de nuestras posibilidades. El otro día tuve que oír el típico ‘¡Quien te ha visto y quien te ve...!’ de boca de una amiga mía. Si tu supieras, hija mía... si tu supieras.

Todos tenemos nuestros secretos personales, eso que no hemos contado nunca a nadie. Nuestro alcoholismo es, en ocasiones, un gran secreto que no contamos así como así. Pero eso no ha de limitarnos para demostrar a los demás que un alcohólico rehabilitado es algo más que un simple enfermo. Porque el alcoholismo es una enfermedad mortal (eso sí que es un

arma de destrucción masiva, viendo los números anuales) y hemos logrado darle esquinazo. Pero por si fuera poco, ese sufrimiento ha ido acompañado de todo un abanico de dulzuras y risas engañosas que nos han hundido en lo más profundo del pozo de la depresión. Y aquí estamos, una vez más, contándonos algunas historias y aprendiendo, que eso es lo que hemos venido a hacer.

No creo que debamos tener miedo a dar la cara. Pienso que hay que ser prudentes y discretos, pero nunca olvidar bajo la almohada una vieja y amarillenta carta de amor. Hay que coger y leer de vez en cuando esa carta, recordar qué es lo que fuimos y ver en lo que nos hemos convertido. Casi todas las noches hago lo que mi abuela nombraba ‘Examen de Conciencia’. Muchos de vosotros lo conoceréis. Examinas todos tus actos y les das una valoración. De eso aprendes e intentas, al día siguiente, no cometer los mismos errores. ¡Ah! Pero éramos humanos, ¿Recordáis? Y somos el único animal que tropieza varias veces con la misma piedra, a veces veinte otras cien.... Y no nos debe importar cometer errores. Lo que vale, amigos, es volver a levantarse. Siempre hay que volver a levantarse y dar la cara. Sólo así seremos valorados, todos nosotros, delante del mundo sin alma que nos ha tocado vivir.

Cuando me preguntan por qué no bebo contesto que una vez me bebí en ocho años todo el alcohol que podía beberme durante toda mi vida.

Pero por favor, no te quedes con eso; sólo mira los ojos de mi mujer y dime si es feliz.

Gracias a todos por estar aquí.

Rodolf Sabaté.
 
R* 

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