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 LA FAMILIA BIEN, GRACIAS

(Ponencia Familiares Congreso Catalán Tortosa 2005)

Como cada día, Isa tiene preparado el desayuno a su marido. Café con leche y galletas. Juan se lo mira mientras se lo engulle, sin sabor, sin ganas. Con sólo diez años, sabe perfectamente lo que es una resaca en el cuerpo de su padre. Lo admira, pero a la vez tiembla con sólo pensar cómo volverá a la noche. La noche anterior no estuvo mal: a las nueve ya estaba en casa, cenando y mirando la tele, todos juntos, cosa rara. El alcohol llenaba la mesa en forma de cerveza primero y licores después; lo malo vendrá hoy. Juan conoce a la perfección las costumbres paternas, el día que se queda en casa es el anterior a la tormenta, no falla y es así desde hace años.

La despedida es breve, sin cariño… podría decirse que ha desaparecido todo vestigio de amor entre la pareja formada por sus padres. Isa observa la puerta mientras se cierra, segura de lo que tendrá que aguantar durante todo el día. La comezón que le inunda el estómago no se soluciona con un par de Almax; es algo más fuerte, más profundo, mucho más angustioso. Angustia, sí. Eso es lo que le está empujando, día a día, a elaborar una idea que sólo conocía de las series de televisión que ve por la tarde, esas series en las que la gente se separa por nimiedades… ¡Ja! - ¡Que me venga un productor de esas series que le voy a dar un buen guión, de esos de cleenex y toallitas! -

La puerta se abre, insegura, con lentitud… - Hay que ponerle aceite en las bisagras…- piensa el hombre… mientras se le escapa una risilla. El cuco, regalo de la madre, marca la una y cinco de la madrugada. ’No ha estado mal’, piensa. Lo del coche tiene arreglo, pero el dinero… ¿Cómo se lo dirá a su mujer? Mañana. Mañana, a la hora de comer, sábado, día familiar, como quien no quiere la cosa… Mira Isa, he perdido la paga, me la he gastado. La lavadora tendrá que esperar al mes siguiente.

Isa lo espera en el umbral de la habitación; sorprendido, con ojos enrojecidos, él la mira y baja la cabeza. Tambaleándose, consigue llegar hacia donde está ella e intenta vocalizar algo… Los efluvios alcohólicos la impregnan, pero Isa ni se inmuta. Hasta aquí ha llegado. Sabe muy bien dónde está el dinero, cómo lo ha perdido y que este fin de semana tampoco podrán lavar la ropa mientras ven la tele. Pero este fin de semana van a ocurrir cosas. Él no lo sabe y hoy lo dejará dormir. Mañana será el gran día, el día después….

La historia arriba contada puede corresponder a miles de familias de diversa condición, pero puede ampliarse a otras muchas situaciones en las que mujeres, maridos, hermanos, padres, tíos e incluso amigos, han decidido echar una mano al enfermo, han optado por darle una oportunidad (otra más, tal vez la última) para arreglar una situación insostenible….

Cuando los familiares tomamos una decisión respecto a este tipo de enfermedad, tenemos dudas y lo hacemos, muchas veces, a ciegas, sin saber a dónde acudir, a qué puerta llamar. Pero una cosa tenemos clara: o se arregla el problema, o se claudica. ‘Basta’ es una dura palabra, que puede significar algo muy importante. Y marca toda una existencia, una forma de vivir largo tiempo mantenida. La entereza demostrada durante todo un proceso de desintoxicación se puede hacer añicos si, esa confianza depositada durante cierto tiempo, se rompe por una recaída, o un desfalco.

Es en ese momento cuando entran a formar parte de la ayuda del enfermo las asociaciones de Alcohólicos Rehabilitados; cuando sobretodo no hay familiares que tutelen al enfermo, se vuelven imprescindibles para su recuperación.

Vamos a analizar un poco los diversos modelos de familiar/alcohólico que nos podemos encontrar en nuestro viaje por el mundo de la rehabilitación.

Sin duda, el momento más intenso en la recuperación del individuo y, por causa/efecto, de la familia, es al principio de la abstinencia. Es en ese momento cuando el familiar toma más protagonismo, lo tutela, lo cuida y lo anima a continuar con su cura. El problema, en algunos momentos y núcleos familiares puede llegar después, cuando el familiar pierde ese lugar importante, cuando el enfermo gana confianza y puede ‘prescindir’ de ciertos privilegios y cuidados.

En un tiempo estimado que se calcula entre 6 meses y dos años, el enfermo experimenta un cambio substancial muy importante en su persona, que es reflejado en todos los que lo envuelven. Ese cambio tiene como consecuencia primordial la recuperación de la importancia en sus tareas y la confianza perdida en los suyos. Esa confianza, largamente ansiada, se puede convertir en un arma de doble filo: al tener más autonomía e independencia, conseguimos valernos por nosotros mismos, provocando la desazón y angustia, de nuevo otra vez, en el familiar de turno al no poder controlar la situación como hasta ese momento.

Aquí nos encontramos, entonces, con dos opciones largamente aprendidas entre los afectados: en la primera y la menos recomendable, por el nivel de recaídas posteriores, el enfermo opta por no asistir más a la asociación, pensando que ya está curado y que no tiene por qué perder el tiempo en eso; o, por el contrario, y esa es la más adecuada, junto con el familiar o familiares sigue asistiendo periódicamente al centro usual y se involucra y relaciona para fortalecer su abstinencia.

En el primer caso se da el mayor número de tropiezos en el largo camino del abstinente. No por casualidad, siempre se recomienda una asistencia regular a reuniones, cambios de impresión, aportaciones personales… dentro de ello también interviene un factor muy importante, que es el de la autoestima. Sentirse útil para algo y para alguien da fuerzas a aquella persona de las que ha carecido durante mucho tiempo. En el segundo postulado, sin miedo a equivocarnos, encontramos una fuerza de voluntad muy arraigada en el enfermo, así como la seguridad del familiar ante una hipotética recaída.

Cabe destacar un hecho que se viene denunciando hace mucho tiempo dentro de nuestras filas, si permiten la expresión, y es que tanto en un caso como en el otro, el familiar nunca es asistido de ninguna manera por nadie, tan sólo por esas asociaciones sin ánimo de lucro que puedan contribuir a sobrellevar el peso de la angustia por la situación. Tanto es así, que en toda Barcelona sólo hay un centro especializado en tratamiento de familiares de enfermos alcohólicos. El familiar, durante todo el proceso de desintoxicación, mantiene una postura de expectativa, observación y estudio de todos los rasgos cambiantes de su ‘protegido’. Después de un tiempo determinado, cuando el alcohólico ya está prácticamente rehabilitado, como hemos dicho antes, se queda en un segundo plano, como actor secundario de una escena que nunca quiso interpretar. En otro momento podríamos hablar con más extensión de esta problemática derivada de la recuperación del individuo, pero debemos dejar constancia que, durante todo este proceso que puede durar años, hay una persona, un intérprete que ha quedado desamparado y sólo respaldado por las asociaciones que mencionamos: el angustiado y sufrido familiar.

Analizando los diversos tipos de situación, nos podemos encontrar con los siguientes postulados:

Primero: situación de mujer alcohólica; en este caso y por regla general, el hombre opta por no decir nada a nadie, ocultar la enfermedad de su pareja; aun así, es frecuente que las críticas y ataques verbales a su pareja sean constantes y reiterativas. Por nuestra tradición y cultura, a la mujer se le supone un papel sumiso y coherente con la familia y cuando se dan casos como éstos, por desgracia es normal que el rechazo de la sociedad en general sea mucho más acusado y el marido tienda a ‘proteger’ y ocultar esta desgracia, ya sea manteniendo el problema en casa o evitando comentarlo con nadie. Por supuesto, es en estos casos en los que la mujer lo tiene más difícil para acceder a una asociación que la ampare y la guíe por el camino y decisión correctos. La cosa se complica, evidentemente, cuando hay hijos, los cuales mantienen una distancia con la madre en general, aunque el ‘trauma’ y angustia sean prácticamente los mismos que en el caso del padre, con algunas diferencias.

Segundo: situación de marido alcohólico; si hay hijos por medio, lo normal es que la mujer decida protegerlos y ocultar el mal trago. La protección de los hijos es mucho más acusada en la madre si cabe cuando es el marido el que cae en un alcoholismo incipiente. Si la pareja es joven y, por suerte, aun no hay descendencia, los caminos a seguir son poner la solución o dejar la relación. En consecuencia, todo se complica mucho más cuanto más obligaciones y deberes haya adquirido la pareja en cuestión: hijos, hipoteca, pagos regulares, etc. Dependiendo del grado de responsabilidad adquirida se pueden dar muchas situaciones que, aunque todas tienen solución, no suponen un valor añadido sino más bien una razón más para dejar el consumo de la substancia.

Finalmente, debemos citar aunque sea de refilón, el caso de la familia que niega la ayuda al familiar, sea el marido, la mujer, el hijo, etc. Se han dado casos (y podemos documentarlos) en que el enfermo se ha visto totalmente desamparado frente a su enfermedad a causa del rechazo familiar, por negar la ayuda o pensar que es tan sólo un ‘vicio’, una mala costumbre en la que ha caído el afectado y que, por contrapartida, no está enfermo, sino viciado y, encima, por su propia culpa. Estamos de acuerdo en que el alcohólico tiene buena parte de culpa en su enfermedad, pero no en la descripción que se le da por parte de los más allegados pensando que tiene cura y tratándolo tan sólo como un mero vicio pasajero. Es más, cuando se empieza el tratamiento, en estos casos es más que probable que incluso en los estados más avanzados se le rechace provocando una falta de ayuda considerable. Son los menos, por suerte, pero no por ello poco importantes, ya que suponen un valor añadido en la cura final del individuo.

Finalmente debemos comentar con brevedad la visión que se le da en los medios de comunicación al problema del alcoholismo; es un error pensar que esta enfermedad es patrimonio de gente desahuciada y con un nivel bajo de cultura. Siempre se nos presentan imágenes de alguien tirado por los suelos, personas sin medios económicos, individuos con una existencia paupérrima, etc. Pero no es cierto en absoluto, y lo recalcamos, que sea patrimonio de los desamparados. El nivel cultural no está reñido con el alcoholismo, sino que es algo extensible a todos los niveles, desde el más pobre de los individuos hasta el directivo de cualquier gran empresa, pasando por médicos, arquitectos, ingenieros y un largo etcétera que nos daría luces de alerta si también se comentara con asiduidad en los medios; claro que extender un problema grave a todos los niveles es, quizás, arriesgado dada la imagen que tenemos de todos ellos. No hay más que ver quien nota más las desgracias: la gente pobre y sin recursos. Se supone que el que tiene un buen nivel económico puede afrontar con mejores resultados esta enfermedad. O al menos eso creemos. Habría que ver cuántos de los desamparados sin techo, alcohólicos y enfermos, tenían una buena posición laboral antes de caer en el pozo del alcohol. Vamos a dejar esta pregunta para que nos la respondan los profesionales, pues son ellos los que han tratado más casos de este tipo, sobretodo centros de desintoxicación de pago, inalcanzables para los que no tienen medios económicos adecuados.

Para concluir, hemos de recordar que tenemos un tema pendiente en el mundo del alcoholismo; sirva esto para reflejar las carencias de nuestro sistema sanitario actual para ayudar a los que más cerca están de los enfermos, los familiares. Ellos son, en muchos casos, los verdaderos desamparados, los angustiados y los necesitados de ayuda. Por cada caso de feliz solución se dan dos con secuelas en los familiares y eso es algo que aun no está contemplado con objetividad en la realidad del alcohol. Tenemos una deuda pendiente con ellos y deberíamos hacer algo al respecto.

Siempre hay otra oportunidad, eso lo sabemos. Siempre hay una salida, una solución y estaremos aquí siempre para ayudarlos. Al menos nos queda el apoyo de todas las asociaciones sin ánimo de lucro que hacen posible que nuestro estado de ánimo consiga hacernos sonreír ante los malos momentos pasados.

Gracias a todos. Especialmente a Remare.

Elisabeth Riquelme

Remare

 

 

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